Libre




Esta entrada va a ser muy especial. Te la voy a escribir única y exclusivamente a ti. Todas y cada una de las palabras que leas a continuación son tuyas. Eso sí, disfrútala. Son las últimas líneas que te voy a volver a dedicar.

He de confesar que estoy asustada. Sí, asustada. Asustada de mí misma. Porque yo, al contrario que tú, no cambio de sentimientos cada dos horas o, con suerte, cada día. No, yo no soy así. Sin embargo, en esta ocasión algo ha pasado en mí que me ha hecho irme del blanco al negro en cuestión de minutos. Lo más preocupante es que han pasado ya tres días y sigo sintiéndome igual. Pero más preocupante aún es que me siento bien. Me siento feliz. Me siento libre.

De repente, me has dejado de importar. No me interesa nada de ti. Me da igual que tu relación vaya bien o mal. Me da igual que estés bien o mal. Me da igual que seas feliz o no. Aunque sobre esto último, a ti parece que te ocurre lo que una buena amiga dice, que tienes esa facilidad de que cuando eres infeliz, charlas un poquito y se te pasa. Ya ves, es uno de tus súper poderes. Qué afortunada eres.

Sin embargo, yo no quiero ser como tú. Y tampoco quiero a alguien como tú a mi lado. Hasta hace unos días, me daba pena sentir que con el tiempo acabarías siendo una más entre tantas. Pero estaba equivocada. En verdad sí que vas a ser especial. Vas a ser la única persona con la que he estado de la que no quiero quedarme nada, ni siquiera recuerdos. Eres la única con la que siento que llevo más de dos años perdiendo el tiempo y de la que no quiero ni una felicitación en Navidad. No quiero nada de ti, ni siquiera tus buenos deseos.

La última vez que hablamos me pediste perdón y te dije que te perdonaba. Te mentí. No te perdono. Y sé que jamás lo haré. Puedes pensar que es por rencor o despecho, pero no, créeme que no. Lo que de repente siento por ti es indiferencia. Y esa misma indiferencia es la que me impide perdonarte. Has hecho tanto daño, has sido tan cruel, has jugado tanto conmigo y has seguido intentando hacerlo que no te mereces nada de mí. Y como no te mereces nada, lo único que puedo darte es eso: Indiferencia. Tú, sin embargo, seguirás durante años recordando todo lo que escribí en “La verdad”. Y ese será tu castigo.

Durante todo este tiempo siempre me preguntaba qué había hecho tan mal para que la vida me impidiera estar contigo. Ahora me doy cuenta de que la vida no me estaba castigando. La vida me estaba protegiendo. Protegiendo de ti. Porque a tu lado sólo habría vivido un infierno mucho mayor del que ya me has hecho vivir. Porque una persona que se ríe del mayor acto de amor que se puede hacer por alguien a quien quieres, que te manipula, que te humilla delante de sus amigas, que te deja destrozar tu vida por simple egocentrismo e inseguridad, y hasta que insulta a un bebé, todo eso lo quiero bien lejos de mí.

Así que sólo puedo darle las gracias a la vida porque siempre me ha estado dando lo que me merecía y yo no era capaz de verlo. Y lo que me merezco no eres tú. Sin embargo, tú sí tienes todo y sólo lo que te mereces. Intenta disfrutar de los pocos momentos buenos que te queden porque a ti la vida también te está dando lo que das. La última vez que hablamos también me dijiste que tal vez tenías esa vida porque es la que te merecías. Te dije que nadie se merecía eso. Me equivoqué. Tú sí que te lo mereces.

No sé qué es lo que la vida me dará a partir de ahora, pero no hace más que sorprenderme con cosas y gente buena. Estoy rodeada de personas que me quieren con locura, y todo lo que hay a mi alrededor es puro amor y bondad. Por eso, poco más podría pedirla porque todo lo que me da siempre es bueno. Eso demuestra que me merezco todo lo que tengo. Sin embargo, sólo hay una cosa que sí sé. Bueno, en realidad son dos cosas. Y las únicas dos cosas que ahora sí sé a ciencia cierta, y que jamás pensé que decirlas me liberarían por fin tanto de ti, son las siguientes:

Ya no te quiero.

Adiós.

Comentarios

Publicar un comentario