La (buena y mala) conciencia



Mucha gente confunde conciencia con consciencia. La consciencia es el conocimiento inmediato que tenemos de nosotros mismos, de nuestros actos y de nuestras reflexiones, y la capacidad de reconocernos a nosotros mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento; La conciencia se refiere a la moral y a lo ético, es decir, a los juicios sobre el bien y el mal de nuestras acciones, y es sobre la conciencia sobre lo que quiero hablar en esta entrada.

Por suerte, ninguno de nosotros es perfecto y digo por suerte porque no hay nada más positivo en la vida que aprender de los errores y disfrutar de los éxitos conseguidos gracias a ese aprendizaje. Es cierto que cada persona tiene un concepto diferente de las cosas y diversos puntos de vista sobre distintas situaciones, pero algo que es innato a todos nosotros es la certeza de lo que está bien y de lo que está mal, es decir, la buena o mala conciencia o, dicho de otro modo, el ángel y el demonio.

Como todo el mundo, yo he tenido mala conciencia, es decir, he sido consciente de haber hecho cosas mal en más de una ocasión, pero también ha habido ciertos momentos en los que he estado completamente segura de haber hecho las cosas tan bien que mi conciencia ha estado completamente tranquila. Eso sobre todo me ha ocurrido con personas que han estado a mi lado en ciertos momentos de mi vida y que han sido ellas las que lo han hecho tan mal que, si combinamos mi buena conciencia con mi radicalidad, han dado como resultado el apartarlas de mi vida.

A ninguna de esas personas las guardo rencor. Es sólo que, si una vez algo me dio problemas y me produjo dolor, simplemente prefiero no repetir, aunque tiempo después esas personas se hayan dado cuenta de que su mala conciencia les haya obligado a reconocer sus errores, y es que eso es algo también innato al ser humano: Cuando nos damos cuenta de lo mal que nos hemos comportado, nuestra conciencia es tan maravillosa que no nos deja descansar hasta que no nos quedamos de nuevo en paz con nosotros mismos, lo que suele pasar primero por pedir perdón a aquella o aquellas personas a las que hemos hecho daño en su debido momento.

Pero, como he dicho al principio, gracias a esos errores que cometemos y a esas disculpas que pedimos, aprendemos. Aprendemos a crecer como personas, aprendemos a diferenciar lo que puede hacer daño de lo que no y aprendemos a convertirnos en la persona en la que finalmente nos convertimos. Y, simplemente por llegar a aceptarnos y querernos tal y como somos y por conseguir llegar a estar orgullos de nosotros mismos, hay que dar gracias de tener conciencia, sea ésta buena o mala.

Comentarios